No tuve que soportar los "quien soy?" de algunas adolescencias. Cada paso era y yo era con él. Como mi vida se dirigía claramente a lo universal, llegué a olvidar incluso mi pierna. Nunca más volví a oir el ruido sordo de una piedra lanzada contra el cuero rígido de mi botina, como señal de desprecio inútil. Esas puyas lanzadas por la gente que no sabe qué hacer de sus vidas y se empequeñece si cabe, al intentar meterse con la nuestra, por medio de niños sin imaginación y juegos, a los que les han enseñado que la fuerza personal se adquiere con la humillación de otro... Mientras que toda fuerza verdadera lleva la máscara de la vulnerabilidad; una comodidad, casi un lujo.
Estaba rodeada de gente que tenía aspiraciones superiores, generosas, y eso me ayudaba también, no lo dudo. Mi pierna no interesaba a nadie y eso era mucho mejor.
Teníamos fe y esperanza. Creíamos en nuestras fuerzas para cambiar lo que debería ser cambiado en esta tierra y teníamos razón: nuestras fuerzas casi nos sobrepasaban.
Y sobre todo, nuestro impulso era vital. Eramos puros, todavía sin contaminar.
FRIDA KALHO, Rauda Jamís.
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