No tuve que soportar los "quien soy?" de algunas adolescencias. Cada paso era y yo era con él. Como mi vida se dirigía claramente a lo universal, llegué a olvidar incluso mi pierna. Nunca más volví a oir el ruido sordo de una piedra lanzada contra el cuero rígido de mi botina, como señal de desprecio inútil. Esas puyas lanzadas por la gente que no sabe qué hacer de sus vidas y se empequeñece si cabe, al intentar meterse con la nuestra, por medio de niños sin imaginación y juegos, a los que les han enseñado que la fuerza personal se adquiere con la humillación de otro... Mientras que toda fuerza verdadera lleva la máscara de la vulnerabilidad; una comodidad, casi un lujo.
Estaba rodeada de gente que tenía aspiraciones superiores, generosas, y eso me ayudaba también, no lo dudo. Mi pierna no interesaba a nadie y eso era mucho mejor.
Teníamos fe y esperanza. Creíamos en nuestras fuerzas para cambiar lo que debería ser cambiado en esta tierra y teníamos razón: nuestras fuerzas casi nos sobrepasaban.
Y sobre todo, nuestro impulso era vital. Eramos puros, todavía sin contaminar.
FRIDA KALHO, Rauda Jamís.
miércoles, 15 de octubre de 2014
miércoles, 25 de junio de 2014
...No era hombre que cediera fácilmente a impulsos sentimentales, y si acaso se le cruzó por la mente la idea de seducirla, la descartó de inmediato por engorrosa. En cambio mi Nini, que no tenía nada que perder, decidió salirle al paso al astrónomo antes de que terminaran sus conferencias. Le gustaba su notable color caoba - quería verlo entero- y presentía que ambos tenían mucho en común: él la astronomía y ella la astrología, que a su parecer era casi lo mismo. Pensó que ambos habían venido de lejos para encontrarse en ese punto del globo y de sus destinos, porque así estaba escrito en las estrellas.
El cuderno de Maya. Isabel Allende.
El cuderno de Maya. Isabel Allende.
" O sea Popo, somos menos que un suspiro de piojo, era mi conclusión lógica.
¿No te parece fantástico Maya que estos suspiros de piojo podamos concebir el prodigio del universo? Un astrónomo necesita más imaginación que sentido común, porque la magniifica complejidad del universo no puede medirse ni explicarse, sólo puede intuirse".
El cuaderno de Maya. Isabel Allende
¿No te parece fantástico Maya que estos suspiros de piojo podamos concebir el prodigio del universo? Un astrónomo necesita más imaginación que sentido común, porque la magniifica complejidad del universo no puede medirse ni explicarse, sólo puede intuirse".
El cuaderno de Maya. Isabel Allende
Tal como ella me explicaba, venimos al mundo con ciertos naipes en la mano y hacemos nuestro juego; con naipes similares una persona puede hundirse y otra superarse. "Es la ley de la compensación, Maya. Si tu destino es nacer ciega, no estás obligada a sentarte en el metro a tocar la flauta, puedes desarrollar el olfato y convertirte en catadora de vinos". Típico ejemplo de mi abuela.
El cuaderno de Maya. Isabel Allende
El cuaderno de Maya. Isabel Allende
-Qué estúpida fui Manuel!
-Nada de estupidez Maya, esto se llama enamorarse del amor
-¿Cómo?
-A Daniel lo conoces muy poco. Estás enamorada de la euforia que él te produce.
-Esa euforia es lo único que me importa, Manuel. No puedo vivir sin Daniel.
-Por supuesto que puedes vivir sin él. Ese joven fue la llave para abrirte el corazón. La adicción al amor no te arruinará la salud ni la vida, como el crack o el vodka, pero debes aprender a distinguir entre el objeto amoroso, en este caso Daniel, y la excitación de tener el corazón abierto.
-Repite hombre, me estás hablando como los terapeutas de Oregón.
-Sabes que he pasado la mitad de mi vida encerrado a machote Maya. Recién ahora empiezo a abrirme, pero no puedo escoger los sentimientos. Por la misma apertura que entra el amor, se cuela el miedo. Lo que te quiero decir es que si eres capaz de amar mucho, también vas a sufrir mucho.
El cuaderno de Maya, Isabel Allende.
-Nada de estupidez Maya, esto se llama enamorarse del amor
-¿Cómo?
-A Daniel lo conoces muy poco. Estás enamorada de la euforia que él te produce.
-Esa euforia es lo único que me importa, Manuel. No puedo vivir sin Daniel.
-Por supuesto que puedes vivir sin él. Ese joven fue la llave para abrirte el corazón. La adicción al amor no te arruinará la salud ni la vida, como el crack o el vodka, pero debes aprender a distinguir entre el objeto amoroso, en este caso Daniel, y la excitación de tener el corazón abierto.
-Repite hombre, me estás hablando como los terapeutas de Oregón.
-Sabes que he pasado la mitad de mi vida encerrado a machote Maya. Recién ahora empiezo a abrirme, pero no puedo escoger los sentimientos. Por la misma apertura que entra el amor, se cuela el miedo. Lo que te quiero decir es que si eres capaz de amar mucho, también vas a sufrir mucho.
El cuaderno de Maya, Isabel Allende.
jueves, 15 de mayo de 2014
Ana
"Shine Eyeliner", "Moon Drops", "Sheer Genius"... el ejercito de potes, tubos y frasquitos alineados sobre el tocador, los lápices y los pinceles, mis queridos amigos de siempre, mis confidentes, mis aliados. Ellos están siempre en su lugar, siempre dispuestos a ayudarme cuando con la excusa de una palidez excesiva voy a enfrentarme con la otra, con la del espejo, con la que tiene mi misma cara, con la que seguro también está tristísima mientras escucha a Barbra cantando Le mal de vivre, mientras siente la soledad.
La desolación siempre empuja hacia el espejo. Del otro lado siempre aparece esa cara que es la cara de una; esa cara que veo, como veo también la que está detrás de los ojos, los labios y la piel. La que dialoga. ¿Vos sos yo? ¿O yo soy vos? ¿somos idénticas? ¿somos la misma? Te llamás anA con mayúscula al final? ¿Ana palíndroma? ¿Ana que se lee igual de izquierda a derecha que en sentido inverso? ¿Ana como Neuquén? ¿como "solos", como "yo soy"?
Empiezo a trazar una línea fina negra y prolija sobre mi párpado derecho. Los antiguos lo hacían para ahuyentar los malos espíritus. Yo lo hago para estar más bonita.. Sin duda anA también. Ella imita exactamente todos mis movimientos, todos mis gestos; anA palíndroma lipemaníaca, como dice Sebastián; yo hubiera querido no recordar su nombre, si estoy todo el tiempo pensando en el, todo el tiempo. Todo el tiempo sintiendo como algo físico y tangible ese horror de él ante la idea de que alguien pueda tener el mínimo derecho sobre su yo más escondido y secreto; todo el tiempo y todas las veces decidiendo que será la última vez esgrimiendo la palabra BASTA como una espada vengadora que se envaina al final sin haber derramado ni una gota de sangre.
Anoche volvió a suceder. ¿También a vos anA?. Volvió a suceder: Sebastián atrincherado, escondido, disimulado en los juegos que se renuevan y florecen y se marchitan enseguida porque no tienen raiz, porque no tienen savia, porque son gratuitos, inútiles, vanos. Y yo debatiéndome en ese campo de sensaciones y emociones que para él es pura exterioridad, puro humo. Yo endiosándolo porque él es "lo otro", lo desconocido, lo inasible, lo inexplicable.
Y buscándolo como se busca... no sé, a una patria, si, eso. Es un sentimiento que calza muy bien dentro de la palabra sagrado por más que se la rehúya por más que parezca excesiva, grandilocuente y melodramática.
Y despúés ese sentirse una visita inoportuna. Más aún cuando se cobra conciencia de la desnudez del cuerpo, mientras uno de los dos conserva el alma totalmente oculta en un sayo de silencio. Y la impotencia. Y la tristeza. Y el amanecer y después la mañana con un libro, con discos, con whisky. Esta mañana. Este ahora frente al espejo, este ahora de confidencia entre vos y yo, anA palíndroma lipemaníaca. Este terminar de maquillarse. Este mutuo sonreir, este juntar nuestros labios en el cristal azogado donde sólo queda una mancha de rouge mientras nosotras nos damos vuelta, y nos reintegramos cada una en nuestro mundo repetido, fastidioso, triste y sin remedio.
PARA COMERTE MEJOR, Eduardo Gudiño Kieffer.
La desolación siempre empuja hacia el espejo. Del otro lado siempre aparece esa cara que es la cara de una; esa cara que veo, como veo también la que está detrás de los ojos, los labios y la piel. La que dialoga. ¿Vos sos yo? ¿O yo soy vos? ¿somos idénticas? ¿somos la misma? Te llamás anA con mayúscula al final? ¿Ana palíndroma? ¿Ana que se lee igual de izquierda a derecha que en sentido inverso? ¿Ana como Neuquén? ¿como "solos", como "yo soy"?
Empiezo a trazar una línea fina negra y prolija sobre mi párpado derecho. Los antiguos lo hacían para ahuyentar los malos espíritus. Yo lo hago para estar más bonita.. Sin duda anA también. Ella imita exactamente todos mis movimientos, todos mis gestos; anA palíndroma lipemaníaca, como dice Sebastián; yo hubiera querido no recordar su nombre, si estoy todo el tiempo pensando en el, todo el tiempo. Todo el tiempo sintiendo como algo físico y tangible ese horror de él ante la idea de que alguien pueda tener el mínimo derecho sobre su yo más escondido y secreto; todo el tiempo y todas las veces decidiendo que será la última vez esgrimiendo la palabra BASTA como una espada vengadora que se envaina al final sin haber derramado ni una gota de sangre.
Anoche volvió a suceder. ¿También a vos anA?. Volvió a suceder: Sebastián atrincherado, escondido, disimulado en los juegos que se renuevan y florecen y se marchitan enseguida porque no tienen raiz, porque no tienen savia, porque son gratuitos, inútiles, vanos. Y yo debatiéndome en ese campo de sensaciones y emociones que para él es pura exterioridad, puro humo. Yo endiosándolo porque él es "lo otro", lo desconocido, lo inasible, lo inexplicable.
Y buscándolo como se busca... no sé, a una patria, si, eso. Es un sentimiento que calza muy bien dentro de la palabra sagrado por más que se la rehúya por más que parezca excesiva, grandilocuente y melodramática.
Y despúés ese sentirse una visita inoportuna. Más aún cuando se cobra conciencia de la desnudez del cuerpo, mientras uno de los dos conserva el alma totalmente oculta en un sayo de silencio. Y la impotencia. Y la tristeza. Y el amanecer y después la mañana con un libro, con discos, con whisky. Esta mañana. Este ahora frente al espejo, este ahora de confidencia entre vos y yo, anA palíndroma lipemaníaca. Este terminar de maquillarse. Este mutuo sonreir, este juntar nuestros labios en el cristal azogado donde sólo queda una mancha de rouge mientras nosotras nos damos vuelta, y nos reintegramos cada una en nuestro mundo repetido, fastidioso, triste y sin remedio.
PARA COMERTE MEJOR, Eduardo Gudiño Kieffer.
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